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Tema 2.- Génesis grupal del psiquismo
En este tema veremos los siguientes conceptos, todos ellos relacionados con la mirada: La identificación progresiva y regresiva; el estadio del espejo, la construcción imaginaria del yo, lo imaginario- lo real- lo simbólico; el deseo, la demanda y la necesidad; así como las elecciones y los yoes auxiliares.
“La madre sostiene al niño en sus brazos al tiempo que le dice: “ése eres tú”. No se lo dice fríamente, ni con la distancia de quien trasmite una noticia que no le atañe. Se lo dice embelesada en la contemplación de la imagen de su hijo, que es una doble imagen pues es también la suya con su hijo en brazos.
Esta imagen, la de la madre y el niño, reflejan la paz, lo pleno, la perfecta compenetración, el dos haciéndose uno…en suma la completud.
Es la imagen ideal.
Para el niño se formula de la siguiente manera: si soy eso que se me dice que soy, entonces también soy “eso” que le falta a mi madre para que ella esté completa. Y en esa imagen el niño se identifica para empezar a dominar su propio cuerpo.
Pero si bien es necesario que se identifique con esa imagen, cuando así lo hace se ve atrapado en un engaño: cree ser eso que no es. Así se genera una tensión que nunca terminará de resolverse”.
FASE DEL ESPEJO.
La experiencia del niño durante la fase del espejo se organiza en base a tres tiempos fundamentales que marcan la conquista progresiva de la imagen de su cuerpo.
6meses-2,5 años.
Primer momento.- el niño percibe la imagen de su cuerpo como la de un ser real al que intenta acercarse o atrapar. Hay una confusión entre uno mismo y el otro. Es un momento donde se pone en evidencia el vínculo del niño con el registro imaginario. El niño que golpea dice que lo han golpeado, el que ve caer llora.
El segundo momento constituye una etapa decisiva en el proceso identificatorio. El niño llega a descubrir que el otro del espejo no es un ser real sino una imagen. Además de que ya no intenta atraparla. Desde ahora sabe distinguir la imagen del otro de la realidad del otro.
El tercer momento dialectiza las dos etapas precedentes, no solo porque el niño se asegura de que el reflejo del espejo es una imagen, sino, y por sobre todo, porque adquiere la convicción de que sólo esa imagen es la suya. Al reconocerse a través de esa imagen, el niño reúne la dispersión del cuerpo fragmentado en una totalidad unificada que es la representación del cuerpo propio.
Lacan en su tesis del Estadio del Espejo plantea que los seres humanos nacen prematuramente y tienen un dominio apenas parcial de sus funciones motoras y son incompletos en el nivel biológico y que el ser humano no existe como sujeto en tanto no tiene el sentimiento de su unidad, unidad de su cuerpo y unidad de su psiquismo.
Esta fase es primordial en la constitución de esta unidad: el niño ante el espejo juega con imágenes especulares, no con personas reales. Cuando descubre que entre estas imágenes una es la suya la contempla fascinado, porque le garantiza su unidad corporal y le sirve como fundamento visible al concepto de su yo. A partir de entonces el yo se constituye como centro imaginario e ideal y es provisto de catexis de amor y de identificaciones sucesivas, pero además el yo arcaico subsistirá como garantía de unidad.
En un principio el grupo es vivido como una amenaza para esa unidad imaginaria, un cuestionamiento del yo; ya que cada uno quiere ser para el otro, lo que el otro espera que sea. Esta convergencia en cada sujeto de un cúmulo de deseos diferentes es intolerable. El yo sé despedaza, la unidad imaginaria se fragmenta, el espejo se rompe… surge la pregunta ¿Quién soy? Y rápidamente se ponen en cuestión las identificaciones imaginarias.
En el grupo el terapeuta constituye la tercera mirada, es hacia quien se dirigen los integrantes del grupo para confirmar quienes son, pero aquí no se van a encontrar con nadie que les venga a conformar lo que andan buscando, ya que no va a ocupar el lugar de espejo en tanto que mira hacia otro lugar, devolviendo al propio sujeto su propia pregunta.
La individualización, a partir de este momento, desaparece. Los primeros encuentros están consagrados, por todo esto, a superar esta imagen y esta angustia. El grupo no tendrá existencia como tal si no lo ha conseguido.
La mirada del grupo amenaza el cuerpo del sujeto con la fragmentación, donde el sujeto deberá decidirse a decir Yo y franquear el espejo.
La identificación es promovida y acentuada en los grupos por el acceso que se tiene a la mirada: del otro en mí, la mía en los otros y en el otro.
La tendencia común es asemejarse al otro, ser igual, sentir lo mismo… no obstante ese mismo camino nos hace sentir diferentes en la igualdad, cada uno habla de su historia que es diferente a la de los demás, no obstante nos envuelve en uno o varios puntos. Entonces la identificación da pie para que cada uno hable sobre lo propio, a veces creyendo que se refiere al otro.
Se ha de pasar del narcisismo individual al grupal; “somos un buen grupo”. Esa es la forma particular que toma en el grupo el estadio del espejo. Con lo cual esta ilusión grupal debe ser transitoria, dando paso a las identificaciones simbólicas, que funcionan sobre la base de la diferenciación con el otro, en donde el deseo de cada uno se manifiesta en su diferencia y en su comunidad en relación a los deseos de los otros.
Vayamos al origen.
El recién nacido depende vitalmente de su grupo y el grupo suele tenerle preparado un lugar desde mucho antes de su nacimiento.
Al principio, el bebé depende para satisfacerse de los objetos que el grupo le proporciona y sólo podrá empezar a pedirlos si entra en el código que rige al grupo.
Él que en su indefensión primaria lo recibirá todo del otro, va descubriendo que éste no siempre está pendiente de él. (Fort-da)
Sentir que la respuesta a sus necesidades no es inmediata le separa del otro. A medida que se va haciendo interlocutor, cosa que solo va a ocurrir en la medida que se diferencie del otro, se hace capaz de distinguir que el grupo está formado por diversos otros.
Precisamente esa falta de atención por parte del otro será uno de los pilares de la construcción de la subjetividad; paso fundamental para relacionarse con los otros: aquí se juega no solo a quién parecerse sino también cómo hacer para parecerse, no sólo los primeros objetos de amor y de odio sino también las maneras de querer y de odiar, no sólo los primeros objetos que lo satisfacen y lo hacen sufrir, sino también sus primeras experiencias de satisfacción y de sufrimiento.
Este es el duro camino que hay que recorrer para poner a funcionar las potencialidades.
Para hablarle al otro hay que separarse de él.
Diferenciación y socialización coinciden.
Construirse una imagen de sí mismo y empezar a moverse de una forma determinada, dominar su organismo y construir un cuerpo propio son movimientos simultáneos, que suceden a la vez.
Los mecanismos de los que dispone el hombre en potencia para la tarea de su propia humanización y aquellos de los que dispondrá más adelante para relacionarse con los otros seres humanos en el mundo son los mismos.
Por eso no hay nada de lo que sucede en los grupos que no tenga su fuente en el corazón de los hombres.
En ese primer grupo, que es la familia, el ser humano se va haciendo sus primeras preguntas sobre sí mismo; es un trabajo de construcción sobre sí mismo y al mismo tiempo sobre la existencia de lo diferente, del otro; paso previo para ir reconociendo al otro como humano, como él mismo, y de comprobar que ellos son diferentes entre sí. Que cada uno tiene sus caprichos, que sus deseos pueden ser encontrados, que los hay más cercanos y más lejanos, más suaves y más ásperos…descubre que su relación con cada uno de ellos puede ser distinta, y que entre ellos pueden tener distintos tipos de relación.
Así pues va a empezar su vida inmerso en un mar de sentimientos: en su familia hay amores y odios, rivalidades y complicidades, idealizaciones y menosprecios, y si bien al principio sólo es objeto de los sentimientos de los demás, a medida que se va haciendo a sí mismo los hace propios, los siente. Estos afectos infantiles constituyen el núcleo de las emociones que más tarde, de manera más sofisticada y compleja, sentirá hacia sus semejantes en su vida adulta.
Un punto principal en este juego es EL LENGUAJE. Los otros se hablan entre ellos, le hablan a él y actúan como si él les hablara. Interpretan sus quejas, sus llantos y sus risas. Adivinan palabras en sus balbuceos; de esta manera el pequeño aprende del otro que sus sonidos tienen un significado y que además es el otro quien da sentido a su “bla, bla”.
Hasta el punto que será el otro quien le dirá quién es él y cómo es, que quiere y que desea… y será de esta manera que empezará a nombrarse “yo”.
Con lo cual nos encontramos con esta paradoja: para poder nombrarse “yo” debe estar atrapado del todo por el lenguaje que proviene del otro.
Otro punto principal es EL CUERPO. El niño solo conoce su cuerpo de forma directa a trozitos y solo desde fuera lo ve entero: mediante un espejo, una foto o cuando se ve reflejado en la mirada de algún otro. Para integrarlo y hacerse cargo de él debe capturar tanto las imágenes como las palabras y eso lleva un largo camino.
El mensaje del otro que lo cuida, lo toca y lo alimenta, le abre la puerta a la posibilidad de reconocer el cuerpo como propio. Se trata de una ilusión fundante: el “ese eres tú” que alguien le señala ante su imagen en el espejo le permite abrochar la imagen y las palabras.
Cuanto más relevante es el lugar de una persona para el pequeño, mayor será su importancia en la determinación de la significación de sus gestos, sus llantos y sus balbuceos.
En realidad para que el sujeto se reencuentre con su propia identidad deberá hacer un proceso de desidentificación.
Por otro lado este proceso de identificación tan necesario en la subjetividad del sujeto, le va a llevar a una relación fraterna llena de ambigüedades, ya que ese otro en un principio, antes de que se dé cuenta que es él mismo quien se refleja en el espejo, puede brindar no solo una imagen ideal, sino también una imagen de rivalidad, de agresividad y de narcisismo.
Se debe pasar de un “identificarse al otro” y “con el otro” a un “identificarse ante el otro”.
La identificación es el motivo del porque de las elecciones de los yoes auxiliares; en psicodrama freudiano.
La elección tiene que ver con la identificación primaria, donde el sujeto queda unificado al objeto, “yo soy él”. Ahí no hay fisura, hay completud pero al precio de perder su propia identidad, Es una identificación regresiva.
Lo contrario ocurre en un segundo momento, donde la distinción con el otro, efecto que vendrá posibilitado por la representación, le llevará a una posible identificación progresiva o secundaria o simbólica, movimiento que engendra una posible relación con la identidad
En el registro de las imágenes la relación con el otro es radicalmente ambivalente, de un lado la fusión, la identidad, la ficción de un amor absoluto; del otro la rivalidad, la agresividad y la destrucción. Ya que si bien en un principio no se puede distinguir de esa imagen del espejo, después para posibilitar esa diferencia, la imagen pasa a codificarse como una intrusa donde la opción es “o yo o el otro”.
Podemos pensar, y así debemos hacerlo, el registro de las imágenes como lo que Lacan llamará el registro de lo Imaginario; imaginario que intentará atrapar esa imagen de completud que tendrá que ver con lo Real. En el lugar de lo Simbólico están las palabras. En el registro de las palabras se encuentra el límite de esa completud. Para que un pacto o un compromiso sean operativos es necesario que cada uno de los que lo suscriben renuncie al ideal de completud. Un pacto se funda en el reconocimiento de la existencia del otro.
Aprender a funcionar en el mundo es hacer propias sus reglas, abandonar de una manera radical, el ejercicio de una omnipotencia que sólo existe en la imaginación.
Como hemos visto, el niño nace indefenso y lo que lo hace vivir es precisamente que el otro actúa su amor de tal manera que el pequeño recibe, al menos, lo que necesita para sobrevivir.
Desde la separación física de la madre, siempre hay, para el sujeto, un momento de demora. Siempre existe una vivencia de insatisfacción sobre cuyo fondo se resalta la satisfacción.
La insuficiencia es estructural y necesaria, precursora del deseo. La demanda se instalará en ese vacío que deja la demora de la satisfacción de la necesidad.
La paradoja es que a medida que el niño hace sus demandas, a través del lenguaje, esas demandas se hacen más imprecisas ya que siempre serán demandas de otra cosa. El niño siempre pide más.
Desde nuestra óptica psicoanalítica, precisamente de lo que se trata es de cómo hacer con eso que nos faltará de por siempre.
Debemos recordar, una vez más, los efectos que el grupo tiene sobre los sujetos, pudiendo decir, que si en un grupo predomina la rivalidad cada persona estará sometida a los embates de la fuerza que la relación de rivalidad tuvo para sí misma en su propia constitución y que cuando es la dimensión del pacto la que predomina, cada sujeto se confrontará a los efectos destotalizantes de la palabra.
…Lo que ocurre es que el niño no se conforma con lo que le da su madre. Lo que necesita y no se lo dan, lo alucina. ¿Alucinar? Para un niño de cualquier manera es difícil decir que su madre existe. Porque para un recién nacido no hay diferencia entre él y su madre. Son la misma cosa.
Y Uds. Deben saber que para que eso se rompa es necesario que aparezca el padre. Que se interponga entre la madre y el hijo para reclamar su lugar y para que el niño sea capaz de empezar a distinguir entre él y su madre.
Eso es necesario pero el niño no, lo sabe. Y es la segunda separación que tiene que soportar.
La primera fue al nacer. La segunda al empezar a perder el pecho que le alimenta, le place y cree suyo. Hay otras pérdidas, bueno, toda la vida del hombre es una cadena de pérdidas irrecuperables. Pérdidas que nunca se recuperan más que en los sueños y en la locura, es decir en el delirio y en las alucinaciones. |